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miércoles, 7 de junio de 2017

¡¡Que nos vamos a la Blue!!


La tregua ha acabado. Es hora de volver a sentir ese miedo de la cuenta atrás, esos nervios mientras preparas el camel back intentando calcular cuándo se te acabará el agua, esos miles de pensamientos negativos que acuden a tu mente mientras te pones los tenis de montaña y piensas seriamente si deberías tomar la salida. Pero llevas meses entrenando para esto. Llevas fines y fines de semana levantándote temprano para salir a hacer veinte o treinta kilómetros y poder darle rodaje a las piernas. Pero nunca el trazado completo, que eso se deja para el día grande. Esos "quién me mandaría a mí", "después de esto dejo la montaña", "si llego a meta me voy a tragar la cerveza más fría que haya"... y un largo y variado etcétera que todos hemos tenido en mente cada vez que vamos viendo pasar kilómetros en nuestros cuádriceps. Y al final todo se reduce con un "nos vemos en meta" que esperamos siempre que se cumpla, y que decimos más por superstición que por creerlo de verdad. Pero sí. Se cumple a pesar de llegar jodidos, del bajón en el kilómetro 12, del calambre en el 25 y de las dudas cuando todavía te quedan 10 kilómetros por delante. Kilómetro a kilómetro, pasito a pasito, sabes que vas a entrar por el arco de meta y te van a sacar la foto que no es una cualquiera, sino LA FOTO, la que resume distancias, sudores, lágrimas, esfuerzos, miedos, dudas... y alegrías, sobre todo alegrías. Porque has llegado, porque ha valido la pena, porque está hecho y ya se ha acabado. Y luego, a por la siguiente, que en el fondo sabes que no termina aquí.

Al lío. Esto está hecho.

Y si no, que se lo digan a mis compis, amigos y familia de Ozone. No sólo se van a atrever con distancias nuevas (que pueden pasar por retos... o temeridad), sino que además quieren (y van a) vencer más al orgullo que a sí mismos y más a la cabeza que al cuerpo.


Y encima, para tener un completo de equipo, nos vamos a la ExpoDeporte. Sí, allí estaremos en el stand P7 (apúntalo bien) con todos los matules, como quien dice, para que puedan informarse y conocer qué es Ozone.

Este jueves 8 y viernes 9 de junio podrán pasarse por el pasillo central de la Expo del Recinto Ferial y también asistir a la actividad programada para el jueves. A las 16:30 h tendrá lugar una exhibición/sesión de media hora de entrenamiento específico de carrera. Si quieren ver qué es lo que solemos hacer nosotros en nuestros entrenamientos, cómo los sufrimos en directo también y qué es Ozone... Pues por ahí podrán encontrarnos.

Recuerden que la entrada a la feria del corredor es gratuita y que tiene un horario de 10 a 21 hs. Existen un programa de actividades deportivas y otro de charlas, a las que podrán acudir (aparte de a la de Ozone, por supuesto).

Empieza la cuenta atrás para la Blue... Que promete ser todo lo que nos vienen mostrando.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Tráeme mucho, 2017

 
Se acaba 2016. Año de cambios, al menos en mi caso, y que me dejará muchos momentos para el recuerdo.

Empecé 2016 yendo a entrenar al monte. Sí, yo, sufriendo después de veinte días sin entrenar y con un frío helador de esos de principio de año (un 2 de enero, a quién se le ocurre). Pero no fue lo único, porque un par de días más tarde, estaba en el agua de Las Teresitas nadando sin traje. Sí, otra vez, a quién se le ocurre. Ese día me pensé durante casi diez minutos dentro del agua si meterme a nadar o quedarme allí en la orilla. Mal, mal.

Los meses siguientes fueron desastrosos, seamos realistas. Empecé a entrenar en serio con entrenos programados y seguimiento, pero llegó la Media de Acentejo y peté. Mala cosa. Entrenar carrera, y sobre todo en monte, me resulta muy difícil al no conocer senderos y al no poder ir acompañada para no frenar a la compañía. Lo de prepararse en algo que no es lo tuyo requiere tiempo, ganas y paciencia, mucha paciencia. Mía y de los que me acompañen. Más de una vez me ha pasado que quienes vienen conmigo no pueden hacer bien su entreno por quedarse atrás haciéndome compañía (y para que no me pierda por el camino, también). Esas situaciones son frustrantes, porque no sólo ves que no estás al nivel de tus compañeros, sino que además su entreno se ve frustrado por tu culpa. De ahí que haga meses que no voy a entrenar al monte en grupo.

En el agua las cosas son distintas, pero tocar el asfalto para probar un acuatlón me mata cada vez. No sólo las transiciones se hacen más duras cuando odias correr, sino que ver cómo a tu primera vuelta los compañeros ya llevan la segunda terminada, se hace duro, y hablo de los entrenamientos. A la hora de la verdad... No quiero ni contarlo.

El hecho es que fui mejorando en algunos aspectos, pero en otros siempre me quedó pendiente algo. Vamos a ser claros: mi asignatura pendiente siempre ha sido, es y será, la carrera. Da igual cómo me lo tome, da igual las veces que me obligue a correr, las carreras a las que me apunte; ni se me da ni me gusta especialmente. Correr por correr no, pero sin embargo hacerlo en competición sí. Que vale, luego soy de las últimas de la tabla, pero me motiva especialmente eso de correr con dorsal.

El 2016 también me dejó la experiencia del esquí en Andorra (un desastre, sin pasar de la pista verde), de un intento de surf y windsurf (con bastantes moratones de recuerdo), de un par de recorridos en kayak, del buceo (casi me ahogo en una piscina de tres metros), de la vela (ese barco velero cargado de sueños cruzó la bahía...) y de los nervios antes de entrar al mar, algo que puede resultar normal, pero no tanto en mi caso.

Llegó el verano, llegaron los cambios. De horarios por el trabajo, de entrenamientos por la "mudanza" del entrenador, de hábitos porque cambiaban también los objetivos. Lo peor fue sin duda tener que enfrentarme sola a la piscina, porque por trabajo tuve que empezar a nadar en horarios en los que debía hacerlo en solitario. 

Luego llegó OZONE, y con él, el OZONE Team que me dio un sitio en un equipo. No, nunca antes había competido como parte de un equipo. Y la sensación es muy buena. Eso de representar a quienes han entrenado todo el año contigo, que ya son más amigos y familia que compañeros. De esta forma, cada competición es un poco de todos, cada resultado viene dado por los entrenos que hemos hecho todos, cada podio (si se alcanza) lleva un poquito de cada uno. 

Los últimos meses de 2016 me dejaron buenos resultados en agua, lo que me da ánimos para seguir más fuerte el año que viene. Para empezar con más ganas en las aguas abiertas, porque en carrera las dudas siguen muy presentes. Tan presentes que me eché atrás por primera vez en una carrera cuando me negué a hacer el Maratón de Santa Cruz habiéndome apuntado muchos meses antes. Y yo no soy de las que se echan atrás. De hecho, esta es la excepción que confirma la regla.

Para 2017... para 2017 no sé qué esperar. Supongo que tengo varios objetivos en mente que quiero cumplir sí o sí, da igual las condiciones que se vayan presentando. Pero también soy consciente de que muchas cosas pueden variar a lo largo de 365 días, y de que no voy a estar en el mismo estado físico, anímico y mental durante doce meses. 

Me quedan por plantear retos que me dan miedo, algunos que creo que pueden ser demasiado, y otros que me gustaría realizar pero que conllevan una preparación a la que no sé si podré hacer frente. Es difícil verte limitada por tus propias capacidades. Porque seamos sinceros; no podemos hacer bien lo que no se nos da. Podemos prepararnos, echarle ganas y terminar mejorando, pero nunca será fácil. Que sí, que el intento es lo que cuenta muchas veces, pero al menos para mí es una desmotivación ver que no me sale, que da igual las veces que lo intente. Puede que sea también un círculo vicioso: si no lo entrenas, no mejoras, y si no mejoras, no lo entrenas porque te has desmotivado. O eso al menos es lo que me ocurre a mí.

Pero, en cualquier caso, hay algo que no quiero que se quede en el tintero, y es el agradecer a cada una de las personas del equipo, uno por uno. Sin ellos, cada reto perdería su gracia y no habría motivación por mejorar (y por enseñarles los trofeos después de ganar algo, vamos a decir la verdad):

A Domingo, por ser un ejemplo para todos y por enseñarme que si hay ganas, todo es posible. También por picarse conmigo en los acuatlones a ver quién sale antes del agua y no dejar que me desmotive mientras hago la parte de carrera.

A Tana y a Aythami porque, aunque me piquen muchísimo en cada entreno, sin ellos no sería lo mismo ni entrenar ni competir. Lo diferente que es entrenar con dos bestias pardas como estas al lado, que te hacen querer llegar a su 50%.

A Betuel por acompañarme cuando más me costaba correr, por no dejarme caminar, por descubrirme una parte de mí que no sabía que existía al seguir intentándolo. Por cada mensaje de ánimo y por cada minuto de entrenamiento compartido.

Y por supuesto, a Juan Carlos, que de entrenador y amigo ha pasado a ser casi que un hermano mayor. Sin él no existiría ni el equipo-familia que es OZONE, ni este blog, ni las ganas de seguir mejorando. Gracias por su dedicación, por su implicación, por su apoyo. Mucho de lo que soy ahora, no sólo como deportista, sino como persona, se lo debo a él, que desde hace más de tres años viene aconsejándome y empujándome en todo lo que hago. Mil gracias una y otra vez por todo.

Al 2017 ya sé qué pedirle, y es seguir con esta gente al lado, que aunque sean unos picados, unos toletes (con cariño) y unos rácanos con mi música, en el fondo se les quiere. Pedir también que OZONE crezca, que ganemos más de todo lo bueno (miembros, trofeos, forma física, capacidades), y que nos traiga ganas para seguir mejorando. Sobre todo ganas, que son lo que falla en algunos momentos.

A nivel personal, pido poder hacer frente a mis retos, cumplirlos y sentirme orgullosa de ellos. Compartirlos y, por supuesto, celebrarlos. Que las victorias, en compañía y con una cerveza, saben mejor.

¡Feliz Año 2017!

viernes, 25 de noviembre de 2016

Algo entre el mar y yo

"Me duele la espalda". 

Así empezó todo. 

Tenía cosa de 18 años, más de 90 kilos encima y dolor de espalda. Y era incapaz de saber qué hacer. "Nada", me dijeron. Pero no nada de no hacer nada, sino de nadar. Me apunté a la piscina. Pero fui cuatro veces en medio año. Me daba pereza, me daba vergüenza, me cansaba. 

Pasaron los años y decidí moverme antes que morir de un infarto. A medida que me movía, iba sintiéndome mejor, iba conociendo a personas que me ayudaban y me daba cuenta de que debía haberlo hecho antes. 

Hasta que llegó otra vez la frase. "Me duele la espalda". Vamos a llamarlo escoliosis, que hay que llamar a las cosas por su nombre. Y volví a la piscina, esta vez en serio. Dos veces en semana me plantaba en una de las actividades dirigidas dedicadas a la natación, y me viene a la mente aquella primera clase a la que fui. 

"Haz una prueba, a ver cómo nadas", me dijo el monitor. Y nadé. "Soy muy lenta", dije. "¿Lenta? ¡Si saliste volando!". Qué sabía yo que ese iba a ser el principio de la aventura.

Cada semana iba aprendiendo, mejorando la técnica... e iba adelantando gente por las calles de la piscina. Era una bobería, por supuesto, porque solo estaba allí para mejorar mis problemas de espalda y hacer algo de ejercicio, hasta el momento en que caí en la cuenta de que si no iba ya me faltaba algo.

Vamos a saltarnos varios meses de clases, de técnica, de ejercicios aparentemente ridículos o complicados y lleguemos al primer reto: acuatlón BlancoBar, Puerto de la Cruz, 2014. Me planté allí sin haber nadado nunca más de cien metros en mar, sin saber ni de temperaturas ni de transiciones, sabiendo únicamente que estaba aterrada de ver tanto pro donde yo era apenas una novata. Ni el traje tenía, sino que iba en bañador y pantalón corto.


Corrí la primera parte, sí, y llegué luego al agua. Fría, muy fría. Me faltaba la respiración, el mar estaba malo, tenía el cuerpo ardiendo de venir corriendo y las gafas empañadas. Fallos de novata. Fallos que me arrastraron hasta el kayak de organización más cercano diciendo "es el primero que hago, necesito salir". 

Llegué a meta por la puerta de atrás, con los pies descalzos y sucios y una losa en la espalda. La que me decia "te has fallado; les has fallado". A mis compañeros, por supuesto. Estaba allí con ellos y sentí que los había decepcionado.

Llegó entonces el verano y con él, las ganas de desquitarme. Ay, mira, una travesía decente, de 1500m. Y allí que me apunté. Me obsesionaba desquitarme con la mala experiencia del acuatlón. Así que entrené mañana y tarde, pedí ayuda, me lo tomé como algo personal; algo entre el mar y yo. 

27 de septiembre de 2014, Puertito de Güímar. La suerte del principiante, la llaman. Recuerdo estar asustada. "Esta no es una buena travesía si eres principiante, está llena de corrientes", decían por allí. Venga, que me pusieran un poco más nerviosa, como si no lo hubiera estado ya lo suficiente. Fui sola, temiendo fallarme a mí misma una vez más y a aquellos que me apoyaban.

Recuerdo meterme en el agua y únicamente pensar en el miedo a que se me cayeran las gafas, a que me dieran una patada. Dieron la salida y me quedé atrás adrede, queriendo escapar del mogollón típico. Lo que yo no sabía es que iba a empezar a adelantar gente. Uno, dos, tres, cuatro, diez... y así hasta que no vi prácticamente a nadie delante de mí. Temí haberme perdido, pero vi la boya y el kayak de seguimiento. 

No supe cuánto tiempo llevaba nadando, pero miraba el fondo, intentaba concentrarme en la respiración, olvidando que había más personas por allí haciendo lo mismo que yo. Y así, completé el recorrido alrededor de las boyas. Enfilé la recta de meta y me di cuenta de que tenía al kayak que abre el grupo al lado. "Espera", pensé. Apreté en aquellos últimos metros, me dolía el brazo, pero oía la megafonía, la música, y seguí nadando hasta que puse un pie en la alfombra de meta.

"Creo que eres tercera", oí. "¿Qué?". Esperé más de dos horas por una clasificación que no salía, con el bañador húmedo aún puesto y nerviosa porque tenía miedo a que se hubieran equivocado. Pero no. Tercera. Primera travesía y era tercera de la general y primera de categoría.


¿Que cómo lo hice? Aún hoy sigo buscando respuestas. Eran pocos participantes, no estaban los súper pro, llevaba tiempo entrenando. La suerte del principiante, vuelvo a repetir.


Pasó casi un año y volví a las aguas, como quien dice. En realidad, sólo volví al mar, porque seguí nadando en piscina. La siguiente parada: Bajamar-La Punta 2015. No puedo explicar ahora travesía por travesía porque han caído muchas más que carreras, pero después de aquella llegó Alcalá, luego La Galera y luego, 2016.


2016 ha sido mi año acuático, sin duda. Empecé desde febrero a entrenar en serio, con gente que sabe lo que hace y saca lo mejor de ti, con aquellos que estuvieron desde el principio, con quienes te llevan a querer ser mejor. "So I called on my angels, they said: Oh, yes a little faith, don't doubt it, don't doubt it, victory is in your veins", como dice Katy Perry en Rise. Entrenar con ellos ha sido, y es, una suerte y una bendición. ¿Por qué? Porque he conseguido disfrutar cada minuto en el agua. No ha sido fácil, por supuesto. Las series de 500 metros a tope, las de 100 casi sin respirar, las de 1000 metros para calentar. Aletas, respiración, el "alarga más el brazo que no estás deslizando"... El "créetelo". 

2016 dio comienzo en Bajamar por segunda vez. Salí decepcionada conmigo misma por no haberlo dado todo. Mantuve el mismo puesto 25 (femenino) del año anterior con mayor cantidad de participantes, y eso debería haberme bastado, pero no lo hizo. Luego vino El Roque en Garachico. Por poco no me meto en el agua. Me entró el pánico y aún hoy no estoy segura de por qué. De ahí me fui a Los Silos, y a pesar de toda el agua que tragué, de lo mal que fue la salida, de las ganas de vomitar justo antes de entrar a meta, me fui contenta. Era la primera como parte del Ozone Team y había quedado entre las diez primeras.


Qué sabía yo que siempre, pero siempre, siempre, eso es un aviso de que lo mejor está por llegar. 
15 de octubre, Puerto Deportivo La Galera. Mar en calma pero malas sensaciones previas. Había aprendido algo en los acuatlones que había hecho antes, y era que mares en calma son buenos para todo el mundo, pero los mares malos, sólo para los que saben aprovecharlos. Yo había sabido aprovecharlos en acuatlones, pero en una travesía donde todos son capaces de nadar y mejor que bien... 


Calenté, me asusté con lo mal que veía el panorama y me metí en el agua a esperar la salida. Qué sabía yo, qué sabía, que la misma persona que me dijo aquella vez en Güímar "creo que eres tercera", esta vez me daría suerte de nuevo.

Nadé. Nadé como nunca en mi vida he nadado. Dejé los entrenamientos por el camino. En cada brazada, en cada patada, sentía que las series estaban allí, conmigo, sin dejarme descansar y recordando cada vez que metía mal el brazo, que no deslizaba. Nadé por el entrenador que confía en mí, por aquellos que me pidieron fe en mí misma, por aquellos "ángeles" que decía la canción que sabían que la victoria estaba en mis venas.



Los últimos metros. Los últimos metros se hicieron eternos porque únicamente quería llegar, daba igual el puesto. Sólo quería poder beber agua dulce y comer algo, después de todo. Y llegué, y esta vez nadie me dijo "eres tercera". Solamente fui a beber agua y a esperar la clasificación para, al menos, llevarme un buen puesto para casa. Lo que no esperaba es que el puesto fuera el tercero.

Habían pasado dos años. Dos largos años de entrenos, de frustraciones, de miedos, de cansancio acumulado, de saber que podía dar más y no lo daba. De metros nadados a medio gas, de amaneceres de agua fría en Las Teresitas, de quedarme atrás porque me estaba muriendo de frío. De bañadores gastados, de comparaciones inevitables, de días sin ganas que se pagaban con malos tiempos. Habían pasado dos años. Y allí estaba aquella clasificación. Allí se resumía todo.


Ese podio me supo a gloria hueca. Hueca porque, una vez más, estaba sola. Conocía a más gente, claro, y los que me conocían me felicitaban, pero estaba sola. ¿Con quién celebras el mejor resultado de tu año? Mensajes de móvil, por supuesto. Lo único que me quedaba, y felicitaciones vía Facebook. Fotos de la clasificación, fotos del podio, fotos del trofeo. Pero nadie a quien abrazar. 

Y así llegamos a la conclusión de este largo post. ¿Cuál es? Que quiero seguir ganando. Que quiero seguir nadando, como dice Dory. Que quiero hacerlo por mi equipo, por mi entrenador, por mí misma. Que quiero volver a subirme a un podio y hacerlo sabiendo que me lo he ganado. Que quiero gastar bañadores, comprarme un neopreno para no pasar más frío en Las Teresitas al amanecer, llenar la estantería con premios dorados. Que quiero seguir sintiendo cómo me arden los brazos al llegar a meta, adelantar gente a medida que apreto; mirar el reloj y ver que voy a hacer un buen tiempo. Quiero ver que todo ha valido la pena, que lo que empezó por un dolor de espalda se ha convertido en lo mejor que sé hacer. Se ha convertido en una lucha conmigo misma; en una lucha entre el mar y yo.